miércoles, 12 de octubre de 2016

De la ficción a la lengua (epónimos)

Un epónimo, según el DRAE, significa: dicho de una persona o de una cosa: que tiene un nombre con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad, una enfermedad, etc. En román paladino, que empezamos a llamar a algo con el nombre de una persona por influencia de la misma. Si seguís sin tener ni idea de lo que hablo, tranquilidad, vamos a ver montones de ejemplos en esta entrada.

Empezaremos con autores que se convirtieron en adjetivos. Una situación absurda, sin sentido, es una situación kafkiana; pero si en lugar de absurda es espantosa, entonces diremos que es dantesca. ¿Y cómo llamaríamos hoy en día a alguien sádico si no hubiera existido el Marqués de Sade? Si queréis darle un punto culto a vuestra verborrea, en lugar de llamar a una persona retorcida, la podéis llamar maquiavélica. De vez en cuando, tenemos dudas cartesianas o realizamos gestas homéricas. Está muy extendido el adjetivo orwelliano para referirnos a situaciones distópicas ideadas por Orwell, aunque este, a diferencia de los anteriores, no está recogido por la RAE, quizá en un futuro se contemple, quién sabe. Otro adjetivo que no está reconocido por la Academia es dickensiano, que se emplearía para describir condiciones de vida o de trabajo por debajo de niveles aceptables; no está reconocido en español, pero en un diccionario inglés he visto “dickensian” con esta definición. Y dejo para el último el más importante, cervantino; ¿que por qué lo dejo para el último? Porque en su caso, sus personajes le superaron en fama y en número en lo que a epónimos se refiere, lo que me permite enlazar con el siguiente bloque: personajes literarios que se convirtieron en adjetivos o sustantivos.

Y empezamos por donde lo acabamos de dejar, con los personajes de Cervantes. En nuestro idioma, tenemos quijotería y quijotesco/a para hacer referencia a la persecución de ideales poco prácticos o nada realistas. También tenemos dulcinea con dos acepciones: mujer querida; y aspiración ideal. El diccionario contempla asimismo, sanchopanchesco/a (falto de idealidad, acomodaticio y socarrón) y rocinante (rocín matalón). De Cervantes pasamos a Fernando de Rojas, que nos acuña celestina como sinónimo de alcahueta y, diremos que, hoy en día, está más extendida aquella palabra que esta. El siguiente vocablo, no sabemos a quién se lo tenemos que agradecer, ya que fue un famoso anónimo el que escribió El lazarillo, nombre con el que designamos a los guías de ciegos. Si a estas alturas de la vida alguien no sabe lo que es un donjuán que se lo pregunte a José Zorrilla. Salimos de España y aterrizamos en Rusia; de ahí nos viene lolita; gracias a Nabokov, así es cómo llamamos a las adolescentes seductoras y provocativas (está en cursiva porque es la definición del DRAE). Que no pare la fiesta que aún quedan unos cuantos; por ejemplo, rocambolesco, como sinónimo de exagerado, esperpéntico; viene de Rocambole, personaje ideado por el escritor francés Pierre Alexis Ponson du Terrail, que llegó a protagonizar películas y series de televisión (el personaje, no el autor). De Emma Bovary, personaje de Gustave Flaubert, nos viene bovarismo; no está recogida en el diccionario, sin embargo, en literatura médica sí está reconocida para nombrar un estado de insatisfacción crónico. Claro que si ya nos metemos en epónimos médicos derivados de la literatura, eso da para otro post. Los viajes de Gulliver nos presentaron a los liliputienses, o como llamamos ahora a las personas extremadamente pequeñas o endebles. Y para acabar con la sección de epónimos derivados de personajes literarios, incluyo mentor, que significa consejero o guía y viene del personaje Méntor que era el consejero de Telémaco en la Odisea.

¿Alguien ha dicho odisea? Pues esta palabra también es un epónimo del poema que lleva este título y tiene dos acepciones, a saber: viaje largo, en el que abundan las aventuras adversas y favorables al viajero; y sucesión de peripecias, por lo general desagradables, que le ocurren a alguien. Con el título de esta obra griega abrimos el tercer y último bloque de epónimos que será miscelánea. Macondiano no aparece en el DRAE, se utiliza como sinónimo de irreal, absurdo, viene de Macondo, la célebre localidad donde se desarrolla la novela de Gabriel García Márquez Cien años de soledad. Y para terminar, vamos con los quevedos; las lentes circulares que utilizaba Francisco de Quevedo y Villegas.

    Como veis, me he ceñido exclusivamente a epónimos literarios y, aun así, esta recopilación no es exhaustiva, me he dejado algunos en el tintero por no hacerlo infinito: borgiano, pantagruélico, proustiano, faústico, sífilis, fígaro. Si os ha gustado y tenéis curiosidad, ya os dejo entretenidos un rato buscando de dónde provienen estos y, si conocéis otros, os espero en los comentarios.

Francisco de Quevedo llevando quevedos

1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho el pots de hoy. Muy interesante, no conocía el término pero si que es cierto que lo usamos habitualmente en nuestro lenguaje sin ser conscientes de ello.
    He dicho.

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